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LEE GRATIS LOS 3 PRIMEROS CAPÍTULOS DE ATRAPADOS EN LA NUBE

 








CAPÍTULO 1

—No tienes ni idea de publicidad.

Durante unos segundos pensé que Asier Uribe se dirigía a otra persona.

No era así. Miré hacia los lados, pero sus ojos se dirigían directamente hacia los míos.

Y lo peor no era que acabara de decir aquello delante de Sofía, mi jefa. Ni siquiera que hubiese un cliente sentado al otro lado de la mesa.

Lo peor era que llevaba demasiado tiempo tragándome comentarios como aquel.

—¿Perdona?

—¿Que quién te crees que eres para cambiar una campaña que ya estaba decidida?

Noté cómo empezaba a subirme un extraño calor por el cuello.

 

Mi error había sido enfocar un anuncio publicitario de coches de lujo no a los hombres, sexo al que tradicionalmente iban dirigidos estos mensajes, sino a mujeres, ya que les intentaba hacer ver que ahora mismo ellas trabajan y quieren ser independientes.

 

Al final acabamos elevando la voz y en un arrebato de ira me levanté directamente de la mesa dejando al cliente, que iba a expresar su punto de vista, con la palabra en la boca. Sabía que esto iba a tener consecuencias para mi casi inexistente carrera laboral, pero no me importaba.

Me levanté y fui directamente a una pequeña cocina que teníamos al lado de la sala de reuniones a prepararme un café porque era lo único que podía, paradójicamente, darme algo de tranquilidad en aquel momento de tensión.

Inmediatamente detrás de mí apareció Sofía, mi jefa:

—¿Pero tú estás loca? ¿Qué te ha pasado? —me recriminó haciendo aspavientos con las manos.

—No sé, Sofía, perdona, es que me da mucha rabia que todavía la gente se crea que una mujer no se puede comprar un Mercedes o un BMW porque hay ciertas marcas que son consideradas “de hombres”.

—No te preocupes, ya le he calmado inventándome una historia sobre unas encuestas que habíamos hecho y que revelaban que las mujeres eran potenciales clientas de la marca.

Sofía era una experta en mentir y en llevar a los clientes a su terreno, cosa que yo no podía hacer puesto que sentía que estaba jugando con su dinero.

—De verdad, no volverá a pasar. —Agaché la cabeza y sentí que me iba a poner a llorar.

—Bueno, Zoe, no te martirices más, pero ten cuidado porque la próxima vez quizás no pueda salvarte y eso será considerado un despido inmediato. Será mejor que te vayas a casa y ya soluciono yo esta situación. El señor Torres no creo que quiera volver a verte ni en pintura.

Las palabras de Sofía eran cuchillos que se iban clavando en mi autoestima, ya duramente dañada a lo largo de los años por personas que se habían ido cruzando en mi vida y que se sentían mucho mejor haciendo daño porque su valía estaba en entredicho.

Recogí mi bolso, fui al baño y me puse a llorar. Intenté bajar por las escaleras de incendio al parking para evitar que nadie me viese y lo logré, puesto que este tipo de reuniones se suelen alargar, y ya eran las ocho de la tarde cuando alcancé mi vehículo, un simple SEAT Ibiza blanco, puesto que, tal y como venden los anuncios, nunca se me había pasado por la cabeza tener algo mejor.

 

Esa noche, como es lógico, no pude pegar ojo.

 

—Venga, Hermes… Vamos, Apolo, ya es la hora. Vamos a llegar tarde al cole a este paso, ya está el desayuno preparado. —Estas eran las frases que repetía uno y otro día de lunes a viernes desde que comenzaba el mes de septiembre hasta finales de junio.

— ¡Que no os lo tenga que decir más, venga, arriba, que no me va a dar tiempo a recoger las camas! Preparad todo lo del cole, por favor, que luego no quiero que me llame la profesora diciendo que os falta algo porque tengo que ir a la oficina y no voy a volver para llevarlo de nuevo.

«Madre mía, parezco un loro diciendo todos los días lo mismo», pensé a la vez que repetía la frase que parecía sacada de un disco rayado.

Mientras preparaba el desayuno de los chicos empecé a pensar en mi discusión en el trabajo. Era la primera vez que había perdido los papeles en una reunión y, además, con Asier Uribe, el nuevo jefe que había empezado a trabajar en la empresa dos meses antes.

—Hermes, coge las tostadas en una servilleta y un zumo de esos de la nevera que no da tiempo. —¡Coged ya las mochilas y vamos, que al final voy a llegar tarde al trabajo!

—Mamá, ya estás como una hiena —me soltó Hermes—. Es que no tienes que pagar con nosotros tu mal humor, no tenemos la culpa de que siempre estés enfadada.

“¿Siempre?”, pensé por un momento. Pero si yo no estoy enfadada nunca, me tomo todo a risa y nada me afecta. ¿O sí? Quizás me tenía que plantear lo que mi hijo me había dicho, pero no era momento de hacer psicoterapia conmigo misma, así que cogí las llaves, el bolso y volví a gritar para que mis hijos salieran de casa directos al ascensor.

Conduje en modo automático, como todas las mañanas, pensando en las cosas que tenía que hacer y dejé a los niños en la puerta del cole. A las diez tenía otra reunión con Asier. Esta vez con Dubois, uno de nuestros principales clientes. Después del espectáculo del día anterior, lo último que necesitaba era volver a sentarme frente a él. Según iba llegando al trabajo me iba poniendo más nerviosa.

¿Qué me dirá este hombre? Y mi jefa, ¿ya habrá hablado con él?

Llegué a mi mesa y todavía no había aparecido nadie. Justo cuando estaba encendiendo mi portátil para empezar a descargar el correo sonó el teléfono.

—Zoe—era mi jefa con voz muy seria—, ven para la sala de reuniones que Asier y yo estamos aquí. Llevamos diez minutos esperándote.

De repente se me hizo un nudo en el estómago y me entraron ganas de vomitar. Pocas veces había tenido esa sensación, pero me recordaba a cuando algún profesor repartía los exámenes y al darme el mío descubría que había suspendido, o cuando una vez recibí una llamada del banco diciendo que tenía un descubierto. Respiré profundamente y fui a la sala de reuniones.

— ¿Se puede? —Toqué a la puerta y entré con la mejor de mis sonrisas. Era la única arma con la que contaba para salir del fango—. Perdón si llego un poco tarde.

Asier ni levantó la cabeza. Sofía me miró y ladeó los ojos hacia un lado indicándome con un gesto donde me tenía que sentar. A su lado, sentado con los brazos apoyados en la mesa, se desparramaba el señor Dubois. Era el jefe de una pequeña empresa de distribución de productos cosméticos coreanos que en los últimos años había visto cómo su rentabilidad había crecido por las nubes gracias al furor de las adolescentes por el cuidado de la piel y los maquillajes. Con el fin de ampliar su clientela habían decidido crear una nueva línea de productos para mujeres “maduritas” (término que odio). Bajé la cabeza y saqué de una pequeña carpeta todos los gráficos de datos de las cuentas que teníamos en redes sociales y se los pasé a Sofía. No me había dado tiempo a ordenarlos y entre todo el revoltijo de papeles salió un dibujo de Hermes que ponía “para mi mami preferida” con un monstruito manchado con la grasa que sus pequeños dedos habían ido impregnando a lo largo del papel.

Asier lo cogió en sus manos y creí ver una pequeña sonrisa en su rostro.

—Creo que esto no es tuyo. Rápidamente le arrebaté el papel de entre los dedos —.

—Los datos corresponden a los últimos quince días—continué hablando con naturalidad—. Las gráficas de esta semana no están aún porque he tenido un contratiempo y no he podido terminarlas.

Aquel hombre me causaba miedo, puesto que mi puesto de trabajo en parte dependía de lo que él opinase, pero a la vez me producía una especie de peligrosa fascinación su forma tan segura de decir las cosas. De repente me miró fijamente a los ojos y soltó:

—Ese no es mi problema, te podías haber ahorrado el comentario.

De nuevo surgió la sensación que había tenido al comienzo de la reunión: una mezcla de pánico, vergüenza y de sentirme una inútil. No sabía si meterme debajo de la mesa o salir corriendo de aquella sala para desaparecer del mapa. Noté como unos ojos convertidos en rayos se clavaban en mi espalda y me sentí todavía más pequeñita. Giré la cabeza hacia Sofía y cerré los ojos en un intento de creer que todo había sido una mala pesadilla.

Acababa de decapitarme con su mirada.

Una voz grave y segura rompió ese incómodo instante para cambiar de tema.

—Los resultados de este mes han sido muy buenos y la campaña ha ido bastante bien en redes sociales así que Timeless Glow Beauty ha decidido firmar con nosotros un año más prorrogable a cinco —comentó Asier como si la escena anterior no se hubiese producido—. En cuanto al equipo, de momento no vamos a prescindir de nadie —sentenció con firmeza.

Suspiré con tanta fuerza que mi jefa volvió a mirarme con rostro inquisidor, pero yo me había quitado un peso de encima. Un año más de aparente respiro: hipoteca, colegio de los niños, actividades extraescolares… mi rutinaria vida se había tambaleado por un momento, pero parecía que los cimientos volvían a su sitio.

—Señor Dubois —mi jefa continuaba nerviosísima—, me alegro mucho de que siga siendo nuestro cliente, estamos tremendamente orgullosos de saber que confía en nosotros, ¿quiere tomar un café?

—Sí, por favor, muchas gracias, Sofía, es usted muy amable.

El ambiente se había relajado un poco después del momento incómodo que habíamos vivido, para ellos ese tipo de negociaciones llenas de tensiones eran habituales y no les generaban ningún malestar, al contrario que a mí.

Una vez acabada la reunión, Dubois se levantó y apoyó una de sus manos ligeramente en la mesa central de la sala, sonriendo y esperando que alguien de nuestro equipo se acercase a él para entablar conversación. Asier se percató de ello y rápidamente le ofreció su mano para sellar el acuerdo con un fuerte apretón.

Yo ya no pintaba nada en esa sala. Mi labor había terminado, así que recogí mis cosas y me dirigí hacia la salida sin mirar a nadie. Al pasar junto a Asier, me miró sonriendo amigablemente y me dijo:

—Te has salvado por los pelos, Zoe Valdés.

 

Me volví a sentir atacada y no conté hasta tres. Me hervía la sangre.

—Pues échame si quieres, imbécil —le dije con una seguridad que pocas veces había tenido y mirándole fijamente a los ojos.

No podía creer lo que acababa de hacer. Nunca había hablado así a nadie en el trabajo y menos a un superior.

Me senté en el ordenador y comencé a redactar el informe de la reunión. Notaba como las lágrimas luchaban por brotar de mis ojos, pero tenía que acabar antes con el trabajo, ya que sabía que tarde o temprano mi jefa me lo iba a pedir y lo quería acabar cuanto antes. Iván, uno de mis compañeros, se acercó para preguntarme qué tal había ido la reunión, pero rápidamente saqué un pañuelo de papel para hacer que tenía que sonarme y que no viesen mis ojos más claros de lo normal.

No sé si después de la contestación que había dado al señor todopoderoso Uribe volvería a formar parte de este proyecto o me relegarían a un segundo plano para que no me viese el pelo. Simplemente, ahora no me importaba nada, solo quería desaparecer de la oficina y del mundo al menos durante un rato para ordenar todas las ideas que brotaban de mi cabeza.

Media hora después seguía redactando el informe. Estaba colapsada y no sabía qué poner. Quería entregar algo decente porque sabía que desde este momento mi trabajo se iba a mirar con lupa, así que releía y releía el documento una y otra vez intentando encontrar cualquier mínimo fallo.

Sofía apareció por la sala y me hizo una señal con la mano para que me acercase a su mesa.

—Zoe, te has pasado tres pueblos, nunca te había visto actuar así. Este hombre no te ha hecho nada y le has dado unas contestaciones de chiquilla adolescente malcriada. Haz el favor de volver a la sala de reuniones y pedirle perdón, por favor.

—¿Pero por qué tengo que hacerlo? —le rebatí—. Creo que no he hecho nada malo, simplemente me he sentido atacada y he contestado. ¿No habrías hecho tú lo mismo?

—Por favor te lo pido, ve ahora mismo y dile que lo sientes enormemente y te inventas lo que quieras. Cuando estés más tranquila ya hablaremos y me cuentas si estás bien en casa o qué ocurre, pero en este momento hay que arreglar la situación. El señor Uribe es ahora nuestro jefe. Asúmelo. Además tiene muchos contactos. Una llamada suya puede suponer muchos problemas para ti y para los demás.

Con una vergüenza enorme me dirigí de nuevo a la sala de reuniones. Noté como de nuevo empezaba a subirme un calor por todo el cuerpo y como me ardían los mofletes.

«Venga, Zoe, piensa en lo que le vas a decir y que no te tiemble la voz, tú puedes», me decía a mí misma antes de entrar en la sala intentando darme valor.

 

—Hola de nuevo. —Abrí la puerta acaloradamente—. Quería pedirte perdón por lo de antes, me he sentido mal al hablarte así, no tenía que haberlo hecho.

—No pasa nada, olvídelo. —Asier Uribe ni siquiera alzó la mirada y, además, me trató de usted para que se evidenciase el gran abismo que había entre nosotros.

—Lo siento, en serio. Es lo único que puedo decirle. —Agaché la cabeza e intenté salir lo más rápido posible de la sala—. Si tiene que tomar alguna medida, hágalo —contesté también eligiendo el mismo tratamiento distante que él había utilizado.

Salí y el silencio se apoderó de la sala. Todos los ojos se posaron en mi persona. Me dirigí a mi sitio lo más rápido que pude y encendí de nuevo el portátil.

«Vaya mierda de día, a ver si llega la hora y me voy a casa cuanto antes», pensé mirando el reloj para ver cuánto tiempo quedaba para salir de aquel infierno.

 

Abrí el chat de empresa por si alguien tenía compasión por mí y me ofrecía unas palabras reconfortantes. Nada. Parecía que me había quedado sola ante el peligro y nadie quería que el tema le salpicase. Ni corta ni perezosa busqué un nombre: Asier Uribe y tecleé sin pensar.

 ‘¿Quieres un café?’

 INTRO.

 

Me quedé unos segundos mirando la pantalla.

“Pero, ¿qué había hecho?”

 


CAPÍTULO 2

 

 

Asier Uribe no contestó al mensaje, como era de esperar.

Esa tarde se convirtió en una auténtica pesadilla.

Al volver a casa pillé un atasco monumental que me hizo estar en el coche casi dos horas y no hacía más que darle vueltas al correo que le había enviado. No tenía que haber hecho esa tontería; era humillarme aún más para nada, porque al final si no le gustaba o no le caía bien iba a despedirme igualmente.

Llegué tarde a recoger a mis hijos y el portero del colegio me echó la bronca porque no había avisado antes. Los niños estaban alterados, y nada más subirse en el coche, empezaron a pegarse.

—¡Por favor, estad quietos ya! ¡No soporto que estéis todo el día peleando! ¿Es que no podéis pensar nada más que en vosotros mismos?

Cuando se ponían así me sacaban de mis casillas. No había tenido bastante con el episodio ocurrido en el trabajo que ahora tendría que estar aguantando toda la tarde gritos y rabietas. Como si no hubieran escuchado nada, los chicos continuaron la pelea.

—¡Basta ya! —Di un frenazo y paré en seco el vehículo—. Estoy harta de vuestras idioteces, así que no voy a arrancar el coche hasta que no os comportéis como personas y no como animales.

 

Apolo y Hermes me miraron como si estuviesen viendo a un extraterrestre y se pusieron a hablar entre ellos, cosa que me molestaba aún más pues, aunque estuviesen hablando de cualquier tontería, a mí me daba por pensar que estaban infravalorándome como madre.

Llegué a casa y aparqué el coche

—¡Fuera ahora mismo! Parecéis tontos, me habéis manchado el coche de chocolate. Ahora tengo que limpiar todo esto antes de que venga papá del trabajo o si no la discusión estará servida.

—Mamá, ¿te encuentras bien? —comentó Hermes con cara de preocupación—. Nunca te habíamos visto así.

También la culpa había sido mía por darles de comer en el coche. Mientras me afanaba en quitar la crema de cacao de los asientos traseros, sonó el teléfono.

—Hola, Sandy, ¿qué tal? Dime, estoy liada con una limpieza exprés.

 

Sandy era una amiga de toda la vida; de hecho, creo que es mi mejor amiga. Nos conocimos en la universidad. Ese no era su nombre verdadero. En realidad se llama África pero decidimos ponérselo por su gran parecido a la protagonista de Grease.

 

—Oye, que tampoco te quiero entretener, pero es que me han dado invitaciones para el restaurante Happier, ese que han abierto nuevo cerca de la Plaza Mayor, y te quería preguntar si tienes marrón o te puedes venir. Te aconsejo no rechazar la oferta porque es el sitio más cotizado del momento. Seguro que vemos a algún famosillo por ahí y al menos nos echaremos unas risas.

—Pues no sé qué decirte chica. —La verdad es que por una parte no me apetecía nada arreglarme, pero por otra el día había sido tan desastroso que una copa de vino no me vendría mal—. Los niños tienen que hacer todavía los deberes porque acabamos de llegar a casa y Alfonso me ha llamado para decirme que tenía que cuadrar unas cuentas en el trabajo y que iba a llegar más tarde. ¿A qué hora tendríamos que estar allí?

 

Ya tenía asumido que, por unas cosas o por otras, seguramente no podría quedar con Sandy. En los últimos años mi vida social había sido casi nula. Siempre había una excusa para anular los planes que hacía con mis amigas: el trabajo de Alfonso, una enfermedad de los niños, el pádel…

—Empieza a las nueve, pero si llegas más tarde no pasa nada, te acoplas a la mesa y listo.

Sandy era de esas personas positivas que te hacen la vida mucho más fácil y que no critican o protestan a la primera de cambio. Por eso me gustaba ir con ella, porque sabía que nunca iba a poner una mala cara pasase lo que pasase.

—Bueno, voy a ver qué puedo hacer porque hoy he tenido un día cojonudo, así que en principio no me apetece mucho, si puedo ya te llamo yo —le dije colgando el teléfono con bastante desgana.


La verdad es que estaba tan cansada que solo deseaba acurrucarme entre las sábanas y olvidarme de todo. No dejaba de darle vueltas a la idea de haber enviado el mensaje al señor Uribe. Fue un impulso idiota como tantos otros que me han dado en la vida y que al final no sirven nada más que para hacerme sentir más tonta aún. Abrí la puerta de casa. Estaba agotada. Parecía que me había aplastado una apisonadora y me senté en el sofá. La reunión de la mañana me había quitado toda la energía.

—Mamá, tenemos que hacer un montón de deberes. La profe ha dicho que los tenemos que llevar mañana y que, si no, suspenderemos —dijo Hermes con un tono de súplica. Sabían que el tema de los suspensos me ponía muy nerviosa y al final acababa con ellos haciéndoles la mitad de las tareas.

—¿Es que no habéis tenido tiempo de hacerlos en clase? Porque supongo que eso ya lo teníais que haber terminado. A mí no me tengáis todas las tardes con esto que yo también tengo trabajo y encima hoy me han echado la bronca porque he entregado los informes del trabajo con tu dibujo lleno de grasa.

—Bueno, mamá, no te pongas así, no tenemos la culpa de que te hayan regañado en el trabajo. —Hermes siempre tenía que rebatir todo lo que yo decía—.

Hoy no iba a discutir más, ya había tenido bastante como para enzarzarme en una pelea de la que no iba a salir victoriosa. —Venga, poneos con los deberes y luego os dejo jugar un rato a la consola.

A medida que pasaba la tarde iba pareciéndome más atractiva la idea de irme a cenar con Sandy y olvidarme de todo y de todos, pero las obligaciones no me lo permitían y, aparte de cuidar a los niños, tenía que rematar algunos flecos del informe de la reunión porque sabía que Sofía, después de la que había montado, estaría al acecho esperando que la cagase en cualquier momento.

 

A las 19.30 sonó el teléfono. Era Alfonso. Había terminado pronto y venía para casa. Había fútbol a las 21.00 y quería ver el partido. Eso significaba que antes de las 20.30 tenía que haber terminado todo: cena, baños, tareas pendientes del trabajo y recogida de casa.

Si acababa pronto quizás me diese tiempo a llegar a la cena, o por lo menos a la mitad. Alfonso no me iba a poner ningún impedimento, si había fútbol yo era invisible, así que ni se percataría de mi presencia.

Agarré el móvil y marqué inmediatamente su número:

—Hola, soy yo… Nada, que Sandy me ha dicho que tiene una invitación a un restaurante nuevo y que me invita, así que dejaré la cena hecha y luego me acerco un rato. Los niños ya han terminado los deberes así que no tienes nada que hacer.

—Vale —contestó con un tono que denotaba que no me estaba haciendo ni caso.

Le había planteado la pregunta y dado la solución. Era lo mejor.

Así no tenía que pensar nada.

Según colgué el teléfono fui corriendo a la habitación donde los niños se habían puesto a hacer los deberes.

—¡Chicos, termino yo el análisis de las oraciones y las operaciones con decimales, no os preocupéis! Vosotros mientras id a la ducha y luego recogéis todo. Si os portáis bien os dejo barra libre de juegos.

Sabía que lo que estaba haciendo no era lo más correcto pero en aquellos momentos me daba igual.

Apolo puso encima de mis piernas su archivador y me indicó cuales eran los ejercicios que tenían que terminar. Hermes salió como alma que lleva el diablo hacia el baño para ducharse cuanto antes y ponerse a jugar.

No me lo podía creer, ¿sería hoy mi día de suerte? La mañana y la tarde habían ido fatal, pero quizás se pudiese salvar la noche.

Terminé de recoger la cocina y preparé unas empanadillas para todos.

«Bueno, con esto van que chutan, y si quieren más que cojan algo de la nevera, para lo que me lo van a agradecer», pensé.

 

En ese momento solo quería darme prisa para salir de casa y cenar con mi mejor amiga.

Se me ha olvidado preguntarle a Sandy qué tipo de comida servían en el Happier. Bueno, al menos me darían la comida ya preparada y no tendría que limpiar y recoger todo.

El siguiente paso era ver qué me llevaba de ropa. Como no salía mucho mi vestuario “de fiesta” era bastante reducido ya que al trabajo me limitaba a llevar vaqueros y camisetas informales, ropa bastante cómoda, y si había alguna reunión con algún cliente tiraba de chaqueta con hombreras, que parecía que te daba un porte más formal y elegante. Fui al armario de la habitación a ver lo que me podía poner.

—No sé, ¿un traje chaqueta? —me pregunté a mí misma—. No; no me veo con eso, demasiado formal para una reunión de amigas. Quizás un vestido, aunque últimamente me veía fatal con todos.

¿Un mono? Uff, ni en sueños, desde el embarazo no me veía con ellos.

Al final me decidí por algo práctico: unos vaqueros y una camiseta de manga larga. Ya había hecho bastante el ridículo durante el día como para seguir haciéndolo por la noche.

Embutida en los vaqueros y con un poco de maquillaje miré el reloj para ver si llegaba a tiempo. Las 20.45 y Alfonso no había aparecido por casa todavía. A las 20.55 se abrió la puerta.

—He pillado atasco y va a empezar el fútbol ya, joder. —Fue lo primero que dijo nada más entrar en casa.

—Ahí tienes la cena. Salgo pitando que ya llego tarde. Vendré pronto que mañana tengo que estar antes en la oficina.

Tiré de la puerta de casa mientras pedía un taxi apresuradamente para no llegar muy tarde.

Mientras iba de camino volví a pensar en la reunión de la mañana. No podía olvidar lo mal que había quedado y el hazmerreír que sería si al llegar a la oficina el superjefe decía a alguien que había recibido un correo mío invitándole a un café.

Cuando llegué, Sandy estaba sola.

—Pero, ¿qué pasa, no vienen las demás?

—Me han dejado tirada. He reservado para cinco y al final solo vas a venir tú. Cuando le he dicho al chico que al final solo éramos dos ha puesto cara de perro, pero eso me sirve para no invitar a las demás nunca más. Al final la que quedo mal soy yo.

—No te preocupes, por lo menos he podido venir, aunque ya te digo que hoy no voy a ser la alegría de la huerta. He tenido un percance en el trabajo y estoy en plan depresión total.

—¿Otro más? —Sandy me miró con cara de pena—. Hija, no ganas para sustos, parece que últimamente estás que te sales. ¿No se te habrá roto otra vez la cremallera del pantalón en medio de una reunión como el mes pasado? ¿O has mandado un correo con copia a todo el mundo diciendo lo imbécil que es tu jefe?

—No, algo peor. Le he contestado fatal, así que, no sé si esto tendrá consecuencias. Pero me da igual. A ver si ese gilipollas se cree mejor que nadie por ser un alto cargo.

—Pero, ¿está bueno?

—¿A qué viene eso Sandy? Es mi jefe y además es un gilipollas integral—la pregunta de mi amiga me hizo sentirme incómoda.

—Ja, ja, ja rio. Es que si está bueno da más morbo.

 

Sandy conocía todos los locales de moda y su poder de convicción le abría muchas puertas. Los camareros del Happier nos recomendaron que comenzásemos con un Ribeiro de estos que entran bien con todo y unos tacos con gambas y aguacate con un nombre rocambolesco.

Después de tomarnos la botella de vino ya estábamos happier, como indicaba el propio nombre del local. Aunque el vino me había hecho efecto, a veces recordaba la movida de esa la mañana y volvía a sentir una angustia en el estómago.

—Sandy, en serio, ¿crees que he hecho mal en mandarle un correo al señor Uribe?

—Zoe, no te preocupes, seguramente ni lo haya leído. ¿Crees que este tipo de personas tiene tiempo para leer lo que le escriban sus súbditos? Solo con mirar tu nombre lo habrá enviado a la papelera. Venga, vamos aquí al lado a mover un poco el esqueleto. Ponen música de nuestra época juvenil y hoy pincha un amigo mío.

—A mí no me apetece mucho ir a bailar y tengo que estar pronto en casa que mañana tengo que terminar el informe que he dejado a medias.

—No seas tonta, que va a ser un ratito nada más —me suplicaba mientras iba tirando del brazo—. ¡Por los viejos tiempos!, venga, vamos.

 

Llegamos a la puerta del local y un guapetón de casi dos metros de altura nos recibió con la mejor de sus sonrisas.

—Hola, bombón. —Sandy le dio un abrazo como si le conociera de toda la vida —. Cuánto tiempo sin saber de ti. Creía que no trabajabas ya por esta zona.

 

El portero se puso a hablar animadamente con ella mientras yo me apartaba hacia un lado para no entorpecer ese momento de intimidad. Miré el móvil para ver si había alguna llamada de casa. Nada. Todo iba bien. Eché también un vistazo al chat de empresa. Tampoco había noticias de nadie.

A los diez minutos Sandy vino corriendo y me cogió de la mano.

—Vamos, que este nos mete gratis y nos da una consumición. Luego salgo otra vez a hablar con él a ver si le podemos sacar otra. Ya dentro del local reviví por un momento los años de universidad en los que Sandy y yo salíamos cada fin de semana y no teníamos compromisos ni problemas. El local estaba decorado con pósteres de los años 80 y 90 y sonaba la canción Eloise de Tino Casal.

—¿Te acuerdas cuando bailábamos esto a lo loco? Venga, vamos a bailar otra vez como en nuestros años de universidad. —Sandy no tenía ningún tipo de vergüenza y me llevó al centro de la pista. Empezamos a bailar con las manos unidas como dos locas al son de la música y a reírnos a carcajadas mientras la gente empezaba a rodearnos y a moverse a nuestro alrededor.

 

Cuando terminó la canción recibimos el aplauso de la sala entera.

 

—¡Madre mía, qué vergüenza! —grité a Sandy—, menos mal que no me conoce nadie. Venga, vámonos de aquí que ya he hecho bastante el ridículo.

—No, espera, voy a pedir la bebida y luego nos vamos. ¿Te apetece un mojito? Ya que nos sale gratis no vamos a desperdiciar esta oportunidad.

—Venga, el último de verdad. Mañana tengo mucho trabajo y no quiero llegar a la oficina cansada.

Me coloqué estratégicamente detrás de una columna para que no se me viese mucho mientras esperaba que Sandy trajese la bebida.

«Joder, cuánto está tardando». Miré el reloj y ya habían dado las 2 de la madrugada.

De repente vi a dos hombres que se acercaban. Eran de mediana edad (lo que se dice ahora para definir a las personas de más de cuarenta y cinco años). Uno de ellos era alto, delgado y con unas gafas de pasta que impedían ver con claridad sus ojos. El otro, metro ochenta aproximadamente, complexión fuerte, pelo muy corto para disimular las entradas y aspecto afable y bonachón. Este se dirigió directamente a mí.

—Señorita, ¿puedo colocar mi chaqueta aquí? —me dijo amablemente y con un acento un poco raro.

—Sí, hombre, colócala donde te dé la gana, esto no es mío.

Se notaba que la bebida ya empezaba a hacer efecto y comenzaba a decir las cosas sin pensar.

El individuo dejó la chaqueta al lado de la mía y se acercó tímidamente.

—Llevo un rato mirándote y tienes una sonrisa preciosa. Le he dicho a mi amigo que nos acerquemos a vosotras porque queremos conoceros. Mi nombre es Marc.

—Pero, ¿tú no eres de aquí, no? —insinué.

—United States, Manhattan… —Es lo único que entendí, luego me empezó a susurrar algo al oído que no supe descifrar.

 

Anda, que tantos años estudiando inglés y no me servían ni para ligar, qué decepción. En situaciones como esta es cuando te das cuenta de que tanto título, cursos y másteres y a la hora de la verdad no te sirve ni para lo más básico.

 

—Así que eres guiri, ¿verdad? Yo soy Zoe —me dirigí a él en “perfecto” castellano. Me estaban entrando unos sudores que no eran normales. No porque me gustase especialmente ese hombre, sino por mi torpeza en el idioma extranjero.

 

Sandy no aparecía. Miré hacia la barra del local y estaba hablando con uno de los camareros. Vamos, que no tenía ninguna prisa por venir a socorrerme.

 

«¿Y ahora qué hago con este?», pensé mientras el americano me sonreía con la copa en la mano.

 

En ese mismo momento no me apetecía hablar con nadie y menos tener que quebrarme la cabeza intentando recordar alguna de las expresiones que había aprendido en el instituto. Intenté hacer memoria y chapurrear en inglés algo que fuese entendible.

—My English is rusty. I’m from Spain. —Fue lo primero que se me ocurrió decir. Si le sacaba el tema de lo typical spanish seguro que podría salir del paso con la gastronomía y La Macarena.

—No te preocupes, me puedes hablar en español. Durante mi época de estudiante viví cinco years in Madrid. My MBA lo hice en una escuela internacional aquí. Podemos intentar hablar en los dos idiomas.

—¿Vienes mucho por Madrid?

—Siempre que puedo.

—¿Pero por trabajo?

—Esta vez sí.

—Qué aburrido, ¿no?.

—Lo era hasta hace cinco minutos.

Me reí a la vez que me sonrojaba.

—¿Los americanos soléis ser tan directos?

—Solo cuando merece la pena…

 

Busqué a Sandy con la mirada porque la situación se estaba poniendo incómoda.

—¿Te gustaría pasar la noche conmigo? —dijo de pronto.

 

Me pareció de muy mal gusto que nada más conocernos me insinuase, bueno si eso se puede considerar una insinuación, que me fuese con él.  

 

“¿Qué se habrá creído?” —pensé. “No soy de las que caen la primera noche”.

 

Aunque las formas no me habían parecido las apropiadas, en realidad estaba encantada de que un hombre se hubiese fijado en mí, ya que hacía años que nadie me había hecho una proposición ni decente ni indecente.

 

—Mira —vi que Sandy se acercaba con una sonrisa de oreja a oreja—, ya está ahí mi amiga, nos tenemos que ir ya.

 

Sandy venía con las dos bebidas, una en cada mano, dispuesta a seguir de marcha toda la noche. Me acerqué precipitadamente a ella y la agarré de un brazo.

—Vámonos ya, Sandy.

—Chica, qué prisas, voy a saludar a esos hombres que has conocido. La noche es joven.

—Voy al baño y nos vamos, que ese me ha tirado los trastos. —Y señalé disimuladamente a Marc, que no paraba de mirarnos y de decirle cosas a su amigo.

Cuando volví del servicio vi a mi amiga abrazada al otro hombre, cuyo nombre no recuerdo, y riendo como si no hubiese mañana.

—Sandy, yo me voy que mañana trabajo.

 

El semblante del amigo de Marc se volvió serio porque estaba a punto de aguarle su noche de pasión con mi amiga. Esta me hizo señas para que esperase un poco más pero el quedarme no estaba entre mis intenciones.

 

—Quiero verte otra vez ¿me das tu teléfono? —me susurró Marc al oído.

—No.

—¿Y tu mail?

—Tampoco.

—Bombón, dale tu correo, si es muy gracioso pequitas7@gmail.com

—soltó de pronto Sandy, perdiendo por completo la noción de la discreción. Ella sabía que no me gustaba ir dando mis datos personales por ahí, pero el alcohol también estaba pasando factura a su cerebro.

—Cállate y vamos. —La cogí del brazo y la saqué como pude del local.

Dejamos a los dos hombres a lo lejos mirando desconcertados.

—¿Tú eres tonta, Sandy? Imagínate que es un hacker y me roba todo el dinero de la cuenta, o aún peor, un acosador que no me deja en paz, o un guarro que me manda fotos en pelotas todos los días.

¿No ves nunca las noticias?

—Bueno, hija, perdona, tampoco es para tanto. Además, seguro que luego ni se acuerda de esto.

Respiré profundamente y me calmé. Después de un día tan agotador solo quería dormir. Además, seguramente Sandy tuviese razón, entre la música, el ruido y que eran extranjeros, seguro que no se habían enterado de nada.

Volvimos en un taxi. Yo estaba muerta.

 

—Mañana hablamos, cuídate y mándame un mensaje cuando llegues. Ahh, y muchas gracias por la cena.

 

Abrí la puerta sigilosamente y de pronto sonó la notificación de mi correo electrónico Tienes un email, como diría el título de la película.

 

—Hi!

Loved meeting you meeting tonight… hope to see you again! Marc Sent from my iPhone

 

¡Mi madre! El guiri me había escrito. Si no había pasado ni una hora desde que nos habíamos ido del local.

Mientras estaba digiriendo el primer mensaje sonó un segundo sonido que confirmaba que alguien había respondido en el chat de la empresa:

“Cuando quieras”. Asier.


CAPÍTULO 3

 

 

El despertador sonó a las siete en punto. Tenía un dolor de cabeza que parecía que iba a explotar en cualquier momento. Me daba vueltas todo y no estaba para ir a trabajar. Por un momento se me ocurrió la idea de llamar al trabajo y decir que estaba con gastroenteritis, o que me había dado una fiebre muy fuerte y no podía levantarme de la cama.

Enseguida me vino a la cabeza el mensaje que recibí por el chat. Asier había aceptado tomar un café conmigo así que no podía escabullirme de nuevo. Había llegado tan mal a casa que no me había dado tiempo a pensar que este hombre había dicho sí y, es más, había contestado casi a las tres de la madrugada. ¿Qué se le habría pasado por la cabeza? ¿Querría solamente tomar un café o habría tomado una decisión drástica sobre mi futuro laboral? Estaba claro que ya no podía poner ninguna excusa y tenía que afrontar lo que había hecho con la mayor valentía posible.

En cuanto al correo que me había escrito el guiri tampoco le di mucha importancia. Pensé que quizás le contestaría porque no me gusta dar la callada por respuesta y, además, ya que el pobre hombre se lo había currado un poco, creo que merecía una contestación. Al final es lo que tiene ser tan sentimental, que luego me pongo en la piel de los demás y hago cosas que no debería hacer.

Me levanté a prepararme el café de rigor, pero me supo a rayos; tenía el estómago tan revuelto que me entraron ganas de vomitar.

Alfonso ya se había ido al trabajo así que no vería el estado tan deplorable en el que me encontraba y no haría preguntas. Me di una


ducha para ver si me espabilaba un poco pero no me sirvió de mucho. Levanté a los niños y los llevé al colegio.

Mientras iba camino del trabajo pensaba en si la invitación de Asier era sincera o, si, por el contrario, sería un arma de doble filo que utilizaría para engatusarme y posteriormente atacarme hasta dejarme a la altura del betún delante de todos. De todas formas, si ocurría esto último tampoco iba a defenderme porque después de cómo había transcurrido la noche anterior no estaba capacitada para enfrentarme a nadie.

Nada más llegar mi jefa se acercó apresuradamente:

—Schhhh, Zoe, Zoe, ven aquí, corre.

—¿Qué quieres, Sofía?, hoy no tengo el cuerpo para nada.

—Ha venido a primera hora el señor Uribe preguntando por ti.

Tiene que hablar contigo de un asunto.

—¿De qué tema? —respondí secamente—. ¿De mi despido?

—No, hombre, espero que no sea eso, parecía que el hombre venía en plan amable, no digas esas cosas.

—¿Y dónde está?

—Ahora mismo está reunido con el secretario, haciendo cuentas, pero no creo que tarden mucho en acabar.

La conversación con Sofía me había puesto aún más nerviosa. Estaba claro que ni ella misma sabía de qué me iba a hablar el señor Uribe, así que quizás no estuviesen hablando de mi despido. Lo que sí que tenía claro es que si alguien salía de la oficina Sofía lo sabía la primera y por lo que me había dado a entender no le había comentado nada ni yo tampoco intuía que me estuviese mintiendo o escondiendo la verdad.

—Entonces, ¿qué hago? ¿Espero a que salga y le digo algo? ¿Le escribo? ¿O qué? —Mi cabeza estaba hecha un lío pues nunca me había visto en una situación así.

—Espera, Zoe, si quieres le mando un correo para que nos reunamos los tres y nos cuente.


Pensé que Sofía lo hacía para intentar poner paz entre los dos y que el incidente de ayer quedase en agua de borrajas, pero pronto me daría cuenta de que solo era una estrategia para enterarse del porqué el Sr. Uribe quería verme a solas y evitar eclipsar su trabajo.

Evidentemente no iba a decir que la invitación había partido de mí, así que disimulé haciéndole creer que era cuestión de trabajo.

—Te lo agradezco muchísimo, seguro que quiere ver el informe que preparé ayer. Ahora mismo lo termino y te lo paso antes para que le eches un ojo a ver si todo está correcto.

Me dirigí hacia mi mesa y me senté como si se hubiese desplomado una apisonadora. Toda esta situación me ponía muy nerviosa y mientras escribía el informe miré un par de veces de reojo hacia la sala de reuniones por si se abría la puerta. Pasó más de una hora hasta que se oyó el ruido del picaporte abriendo con fuerza.

—Vale, pues por nosotros queda todo cerrado. —Se oyó la voz de Asier a lo lejos—. Hay que recortar presupuesto en esas dos marcas porque si no los beneficios que esperamos no van a cuadrar.

Madre mía, ¿era verdad lo que estaba oyendo? Recortes, marcas y beneficios. Ya no me hacía falta saber más. Seguro que quería hablar conmigo para largarme a la calle, y vamos, sería dicho y hecho porque a ese hombre no le temblaba la mano con nada.

De pronto me entraron unos retortijones que no podía aguantar. Pensé: «como me llame ahora para tomar café me cago por la pata abajo».

Cogí el teléfono de mi mesa y marqué la extensión de Sofía:

—Soy Zoe, que me voy por patas, tengo que ir al servicio, ya he visto que ha salido el señor Uribe así que retenle hasta que vaya a ver qué me quiere decir.

—No te preocupes. —Sofía para estas cosas tenía mucha mano izquierda—. Ahora le llamo y vamos hacia el office. Te esperamos allí.

Salí corriendo hacia el baño y dejé allí todo lo que no está escrito. No podía parar así que tardé unos quince minutos en poder despegarme de la taza. Menos mal que en ese tiempo no entró nadie porque eso se había convertido en la Sinfónica de Londres.

Cuando llegué al cuartito que usábamos para tomar café, Sofía y Asier Uribe ya estaban terminando sus tazas.

—Lo siento. Es que no estoy muy bien. —Me estaban volviendo a entrar los sudores fríos.

—Zoe, ¿te encuentras bien? —preguntó Sofía—. Estás como un poco amarilla.

Al instante empecé a ver dos siluetas borrosas y fue cuando perdí la noción de tiempo y espacio. Al despertar vi, en ese estado de ensoñación placentera, a mi jefa intentando hacerme tragar un sobre de azúcar y al señor Uribe sujetando mis piernas en posición de 90º con cara de pánico.

—Madre mía, Zoe, menudo susto nos has dado. —Parecía un reproche por parte de Sofía.

—Lo siento, Sofía. No sé lo que me ha podido pasar. —La vergüenza que tenía en ese instante era total. Cuando viese a Sandy la iba a crujir.

Lo primero que se me vino a la cabeza era si llevaba falda o pantalón. Espero que fuese lo segundo porque no me quiero ni imaginar lo que habrían visto si llevaba lo primero. No sé ni lo que me había puesto. Estaba fatal. ¿Qué tendría la bebida que tomamos anoche? Seguro que era garrafón porque os aseguro que no me había sentido tan mal en toda mi vida.

Entre los dos me ayudaron a levantarme y me sentaron en una silla. Asier no articulaba ni palabra. Debe ser que nunca se había encontrado en una situación tan grotesca en su vida. Una vez me colocaron en la mesa, se alejaron cada uno a sus respectivos lugares de trabajo.

Y ahí me quedé. Me quedé con la mirada perdida hacia los edificios a los que daba la oficina pensando en que cada vez la estaba cagando más y más y que tarde o temprano iban a prescindir de mí.


Al cabo de media hora pasó Asier a mi lado.

—El café lo dejamos para cuando se te pase la resaca.

—Eres un cerdo —dije por lo bajo.

Él se volvió y me miró con desprecio. En ese momento supe que había sentenciado mi despido.


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