CAPÍTULO 1
—No tienes ni
idea de publicidad.
Durante unos
segundos pensé que Asier Uribe se dirigía a otra persona.
No era así.
Miré hacia los lados, pero sus ojos se dirigían directamente hacia los míos.
Y lo peor no
era que acabara de decir aquello delante de Sofía, mi jefa. Ni siquiera que
hubiese un cliente sentado al otro lado de la mesa.
Lo peor era que
llevaba demasiado tiempo tragándome comentarios como aquel.
—¿Perdona?
—¿Que quién te
crees que eres para cambiar una campaña que ya estaba decidida?
Noté cómo
empezaba a subirme un extraño calor por el cuello.
Mi error había
sido enfocar un anuncio publicitario de coches de lujo no a los hombres, sexo al que
tradicionalmente iban dirigidos estos mensajes, sino a mujeres, ya que les
intentaba hacer ver que ahora mismo ellas trabajan y quieren ser independientes.
Al final
acabamos elevando la voz y en un arrebato de ira me levanté directamente de la mesa dejando al cliente, que iba a expresar
su punto de vista, con la palabra
en la boca. Sabía que esto iba a tener consecuencias para mi casi inexistente
carrera laboral, pero no me importaba.
Me levanté y fui
directamente a una pequeña cocina que teníamos
al lado de la sala de reuniones a prepararme un café porque
era lo único que podía, paradójicamente, darme algo de tranquilidad en
aquel momento de tensión.
Inmediatamente
detrás de mí apareció Sofía, mi jefa:
—¿Pero tú estás
loca? ¿Qué te ha pasado? —me recriminó haciendo aspavientos con las manos.
—No
sé, Sofía, perdona, es que me da mucha rabia que todavía la gente se crea que una mujer no se puede comprar un Mercedes o un BMW porque
hay ciertas marcas
que son consideradas “de hombres”.
—No te preocupes, ya le he calmado inventándome una historia sobre
unas encuestas que habíamos hecho y que revelaban que las mujeres eran
potenciales clientas de la marca.
Sofía
era una experta en mentir y en llevar a los clientes a su terreno, cosa que yo no podía
hacer puesto que sentía que estaba jugando con su dinero.
—De verdad,
no volverá a pasar. —Agaché
la cabeza y sentí que me iba a poner a llorar.
—Bueno,
Zoe, no te martirices más, pero ten cuidado porque la próxima vez quizás no
pueda salvarte y eso será considerado un despido inmediato. Será mejor que te
vayas a casa y ya soluciono yo esta situación. El señor Torres no creo que
quiera volver a verte ni en pintura.
Las palabras de
Sofía eran cuchillos que se iban clavando en mi autoestima, ya duramente dañada
a lo largo de los años por personas que se habían ido cruzando en mi vida y que se sentían
mucho mejor haciendo daño porque su valía estaba en entredicho.
Recogí mi bolso, fui al baño y me puse a llorar. Intenté
bajar por las escaleras de
incendio al parking para evitar que
nadie me viese y lo logré, puesto que
este tipo de reuniones se suelen alargar, y ya
eran las ocho de la tarde cuando alcancé mi vehículo, un simple SEAT Ibiza blanco,
puesto que, tal y como venden los anuncios,
nunca se me había pasado por la cabeza tener algo mejor.
Esa noche, como
es lógico, no pude pegar ojo.
—Venga, Hermes…
Vamos, Apolo, ya es la hora. Vamos a llegar tarde al cole a este paso, ya está el desayuno
preparado. —Estas eran las
frases que repetía uno y otro día de lunes a viernes desde que comenzaba el mes
de septiembre hasta finales de junio.
— ¡Que no os lo tenga que decir más, venga, arriba,
que no me va a dar tiempo a recoger las camas! Preparad todo lo del cole,
por favor, que luego no quiero que me llame
la profesora diciendo
que os falta algo porque tengo que ir a la oficina y no voy a volver para llevarlo de nuevo.
«Madre mía, parezco un loro diciendo
todos los días lo mismo», pensé a la vez que repetía la
frase que parecía sacada de un disco rayado.
Mientras
preparaba el desayuno de los chicos empecé a pensar en mi discusión en el
trabajo. Era la primera vez que había perdido los papeles en una reunión y,
además, con Asier Uribe, el nuevo jefe que había empezado a trabajar en la
empresa dos meses antes.
—Hermes, coge las tostadas
en una servilleta y un zumo de esos
de la
nevera que no da tiempo. —¡Coged ya las mochilas y vamos,
que al final voy a llegar tarde al trabajo!
—Mamá, ya estás como una hiena
—me soltó Hermes—.
Es que no tienes
que pagar con nosotros tu mal humor, no tenemos
la culpa de que siempre estés
enfadada.
“¿Siempre?”,
pensé por un momento. Pero si yo no estoy enfadada nunca, me tomo todo a risa y
nada me afecta. ¿O sí? Quizás me tenía que plantear lo que mi hijo me había
dicho, pero no era momento de hacer psicoterapia conmigo
misma, así que cogí las llaves,
el bolso y volví a gritar para que mis hijos salieran de casa directos al
ascensor.
Conduje en modo
automático, como todas las mañanas, pensando
en las cosas que tenía que hacer y dejé a los niños en la puerta del cole. A las diez
tenía otra reunión con Asier. Esta vez con Dubois, uno de nuestros principales
clientes. Después del espectáculo del día anterior, lo último que necesitaba
era volver a sentarme frente a él. Según iba llegando
al trabajo me iba poniendo
más nerviosa.
¿Qué me dirá este hombre? Y mi jefa, ¿ya habrá hablado con él?
Llegué a mi mesa
y todavía no había aparecido nadie. Justo cuando estaba encendiendo mi portátil para empezar a descargar el correo sonó el teléfono.
—Zoe—era mi jefa
con voz muy seria—, ven para la sala de reuniones que Asier y yo estamos aquí. Llevamos diez minutos esperándote.
De repente se me
hizo un nudo en el estómago y me entraron ganas de vomitar. Pocas veces había tenido esa sensación,
pero me recordaba a cuando algún profesor repartía los exámenes y al darme el
mío descubría que había suspendido, o cuando una vez recibí una llamada del
banco diciendo que tenía un descubierto. Respiré profundamente y fui a la sala de
reuniones.
— ¿Se puede? —Toqué a la puerta y entré con la
mejor de
mis sonrisas. Era la única
arma con la que contaba para salir del fango—. Perdón si llego un poco tarde.
Asier ni levantó
la cabeza. Sofía me miró y ladeó los ojos hacia un lado indicándome con un gesto donde me tenía que sentar. A su
lado, sentado con los brazos
apoyados en la mesa, se desparramaba
el señor Dubois. Era el jefe de una pequeña
empresa de distribución de productos cosméticos
coreanos que en los últimos años había visto cómo su rentabilidad había crecido por las nubes
gracias al furor de las adolescentes por el cuidado
de la piel y los maquillajes. Con el fin de ampliar su clientela habían
decidido crear una nueva línea de productos para mujeres “maduritas” (término
que odio). Bajé la cabeza y saqué de una pequeña
carpeta todos los gráficos de datos de las
cuentas que teníamos en redes sociales y se los pasé a Sofía. No me
había dado tiempo a ordenarlos y entre todo el revoltijo de papeles salió un dibujo de Hermes que ponía “para
mi mami preferida” con un monstruito manchado
con la grasa que sus pequeños dedos habían ido impregnando a lo largo del papel.
Asier lo cogió en sus manos y creí ver una pequeña sonrisa en su rostro.
—Creo que esto no es tuyo. Rápidamente le arrebaté el papel de entre los dedos —.
—Los datos
corresponden a los últimos quince días—continué hablando con naturalidad—. Las
gráficas de esta semana no están
aún porque he tenido un contratiempo y no he podido
terminarlas.
Aquel hombre me
causaba miedo, puesto que mi puesto de trabajo en parte dependía de lo que él
opinase, pero a la vez me producía una especie de peligrosa fascinación su
forma tan segura de decir las cosas. De repente me miró fijamente a los ojos y
soltó:
—Ese no es mi
problema, te podías haber ahorrado el comentario.
De nuevo surgió la sensación que había tenido al comienzo
de la reunión: una mezcla de pánico, vergüenza
y de sentirme una inútil. No sabía si meterme debajo de la
mesa o salir corriendo de aquella sala para desaparecer del mapa. Noté como
unos ojos convertidos en rayos se clavaban en mi espalda y me sentí todavía más
pequeñita. Giré la cabeza hacia
Sofía y cerré
los ojos en un intento
de creer que todo había sido
una mala pesadilla.
Acababa de
decapitarme con su mirada.
Una voz grave y segura rompió ese incómodo
instante para cambiar de tema.
—Los resultados
de este mes han sido muy buenos y la campaña ha ido bastante bien en redes
sociales así que Timeless Glow Beauty ha decidido firmar con nosotros un
año más prorrogable a cinco —comentó Asier como si la escena
anterior no se hubiese producido—. En cuanto al equipo, de momento no vamos a prescindir
de nadie —sentenció con firmeza.
Suspiré con tanta fuerza que mi jefa volvió a mirarme
con rostro inquisidor, pero yo
me había quitado un peso de encima. Un año más
de aparente respiro:
hipoteca, colegio de los niños,
actividades extraescolares… mi rutinaria vida se había
tambaleado por un momento, pero parecía que los cimientos volvían a su sitio.
—Señor
Dubois —mi jefa continuaba nerviosísima—, me alegro mucho de que siga siendo nuestro
cliente, estamos tremendamente orgullosos de saber que
confía en nosotros, ¿quiere tomar un café?
—Sí, por favor, muchas gracias, Sofía, es usted muy amable.
El ambiente se
había relajado un poco después del momento incómodo que habíamos vivido, para
ellos ese tipo de negociaciones llenas de tensiones eran habituales y no les
generaban ningún malestar, al contrario que a mí.
Una vez acabada
la reunión, Dubois se levantó y apoyó una de sus manos ligeramente en la mesa
central de la sala, sonriendo y esperando que alguien
de nuestro equipo
se acercase a él para entablar conversación. Asier se percató
de ello y rápidamente le ofreció
su mano para sellar el acuerdo con un fuerte apretón.
Yo ya no pintaba
nada en esa sala. Mi labor había terminado, así que
recogí mis cosas
y me dirigí hacia la salida sin mirar a nadie. Al pasar junto a Asier, me miró sonriendo
amigablemente y me dijo:
—Te has salvado por los pelos,
Zoe Valdés.
Me
volví a sentir atacada y no conté hasta tres. Me hervía la sangre.
—Pues échame si
quieres, imbécil —le dije con una seguridad que pocas veces había tenido y
mirándole fijamente a los ojos.
No podía creer lo
que acababa de hacer. Nunca había hablado así a nadie en el trabajo y menos a
un superior.
Me senté en el
ordenador y comencé a redactar el informe de la reunión. Notaba como las lágrimas luchaban
por brotar de mis ojos, pero tenía que acabar antes con el
trabajo, ya que sabía que tarde o temprano mi jefa me lo iba a pedir y lo
quería acabar cuanto antes. Iván, uno de mis compañeros, se acercó para
preguntarme qué tal había ido la reunión, pero rápidamente saqué
un pañuelo de papel
para hacer que tenía que sonarme y que no viesen mis ojos más claros
de lo normal.
No sé si después
de la contestación que había dado al señor todopoderoso Uribe volvería a formar
parte de este proyecto o me relegarían a un segundo plano para que no me viese
el pelo. Simplemente, ahora no me importaba nada, solo quería
desaparecer de la oficina
y del mundo al menos
durante un rato para ordenar
todas las ideas que brotaban de mi cabeza.
Media hora después seguía redactando el informe. Estaba colapsada
y no sabía qué poner. Quería entregar algo decente porque sabía que desde este momento mi trabajo se iba a mirar con lupa, así que releía y releía el documento una
y otra vez intentando encontrar cualquier mínimo fallo.
Sofía apareció
por la sala y me hizo una señal con la mano para que me acercase a su mesa.
—Zoe, te has pasado tres pueblos,
nunca te había visto actuar así.
Este hombre no te ha hecho nada y le has dado unas contestaciones de chiquilla adolescente
malcriada. Haz el favor de volver a la sala de reuniones y pedirle perdón, por
favor.
—¿Pero por qué tengo
que hacerlo? —le rebatí—. Creo que no he
hecho nada malo, simplemente me he sentido atacada y he contestado. ¿No habrías
hecho tú lo mismo?
—Por favor
te lo pido, ve ahora
mismo y dile que lo sientes enormemente y te inventas lo que quieras.
Cuando estés más tranquila ya hablaremos y me cuentas
si estás bien en casa o qué ocurre, pero en
este momento hay que arreglar
la situación. El señor Uribe es ahora
nuestro jefe. Asúmelo.
Además tiene muchos
contactos. Una llamada suya
puede suponer muchos problemas para ti y para los demás.
Con una vergüenza
enorme me dirigí de nuevo a la sala de reuniones. Noté como de nuevo empezaba
a subirme un calor por todo
el cuerpo y como me ardían los mofletes.
«Venga, Zoe, piensa en lo que le vas a decir
y que no te tiemble
la voz, tú puedes», me decía a mí misma antes de entrar en la sala
intentando darme valor.
—Hola de nuevo.
—Abrí la puerta acaloradamente—. Quería pedirte perdón por lo de antes, me he
sentido mal al hablarte así, no tenía que haberlo hecho.
—No pasa nada,
olvídelo. —Asier Uribe ni siquiera alzó la mirada y, además, me trató de usted
para que se evidenciase el gran abismo que había entre nosotros.
—Lo siento, en
serio. Es lo único que puedo decirle. —Agaché
la cabeza e intenté salir lo más rápido posible de la sala—. Si tiene
que tomar alguna medida, hágalo —contesté también eligiendo el mismo
tratamiento distante que él había utilizado.
Salí y el
silencio se apoderó de la sala. Todos los ojos se posaron en mi persona. Me
dirigí a mi sitio lo más rápido que pude y encendí de nuevo el portátil.
«Vaya mierda de día, a ver si llega la hora y me voy a casa cuanto antes», pensé mirando el reloj para ver cuánto
tiempo quedaba para salir de aquel infierno.
Abrí el chat de empresa por si alguien
tenía compasión por mí y me
ofrecía unas palabras reconfortantes. Nada. Parecía que me había quedado sola ante el peligro y nadie quería
que el tema le salpicase. Ni corta ni perezosa
busqué un nombre:
Asier Uribe y tecleé
sin pensar.
‘¿Quieres un café?’
INTRO.
Me quedé unos
segundos mirando la pantalla.
“Pero, ¿qué había
hecho?”
CAPÍTULO 2
Asier Uribe no
contestó al mensaje, como era de esperar.
Esa tarde se
convirtió en una auténtica pesadilla.
Al volver a casa
pillé un atasco monumental que me hizo estar en el coche casi dos horas y no
hacía más que darle vueltas al correo que le había enviado. No tenía que haber
hecho esa tontería; era humillarme aún más para nada, porque al final si no le
gustaba o no le caía bien iba a despedirme igualmente.
Llegué tarde a
recoger a mis hijos y el portero del colegio me echó la bronca porque
no había avisado
antes. Los niños
estaban alterados, y nada más
subirse en el coche, empezaron a pegarse.
—¡Por favor,
estad quietos ya! ¡No soporto
que estéis todo el día peleando! ¿Es que no podéis pensar nada más que en vosotros mismos?
Cuando se ponían
así me sacaban de mis casillas. No había tenido bastante con el episodio
ocurrido en el trabajo que ahora tendría que estar aguantando toda la tarde
gritos y rabietas. Como si no hubieran escuchado nada, los chicos continuaron
la pelea.
—¡Basta ya! —Di
un frenazo y paré en seco el vehículo—. Estoy harta de vuestras idioteces, así
que no voy a arrancar el coche hasta que no os comportéis como personas y no
como animales.
Apolo y Hermes me miraron como si estuviesen viendo a un extraterrestre
y se pusieron a hablar entre ellos, cosa que me molestaba aún más pues, aunque
estuviesen hablando de cualquier tontería, a mí me daba por pensar que estaban infravalorándome como madre.
Llegué a casa y
aparqué el coche
—¡Fuera
ahora mismo! Parecéis tontos, me habéis manchado el coche de chocolate. Ahora tengo que limpiar todo esto antes de que venga papá del trabajo o si no la
discusión estará servida.
—Mamá, ¿te
encuentras bien? —comentó Hermes con cara de preocupación—. Nunca te habíamos
visto así.
También la culpa había
sido mía por darles de comer en el coche. Mientras me afanaba en quitar la crema de cacao de los asientos
traseros, sonó el teléfono.
—Hola, Sandy,
¿qué tal? Dime, estoy liada con una limpieza exprés.
Sandy
era una amiga de toda la vida; de hecho, creo que es mi mejor amiga. Nos
conocimos en la universidad. Ese no era su nombre verdadero. En realidad se
llama África pero decidimos ponérselo por su gran parecido a la protagonista de
Grease.
—Oye, que tampoco te quiero entretener, pero es que me han dado
invitaciones para el restaurante Happier, ese
que han abierto nuevo cerca de
la Plaza Mayor, y te quería preguntar si tienes marrón o te puedes venir. Te aconsejo
no rechazar la oferta porque es el sitio más cotizado
del momento. Seguro que vemos a algún famosillo
por ahí y al menos nos echaremos unas risas.
—Pues no sé qué decirte chica.
—La verdad es que por una parte no
me apetecía nada arreglarme, pero por otra el día había sido tan
desastroso que una copa de vino no me vendría mal—. Los niños tienen que hacer
todavía los deberes porque acabamos de llegar a casa y Alfonso me ha llamado para decirme que tenía que cuadrar unas cuentas
en el trabajo y que iba a llegar más tarde. ¿A qué hora tendríamos que estar allí?
Ya tenía asumido
que, por unas cosas o por otras, seguramente no podría quedar con Sandy. En los últimos años mi vida social
había sido casi nula. Siempre había una excusa para anular los planes que hacía
con mis amigas: el trabajo de Alfonso, una enfermedad de los niños, el pádel…
—Empieza
a las nueve, pero si llegas más tarde no pasa nada, te acoplas a la mesa y
listo.
Sandy era de esas personas positivas
que te hacen la vida mucho
más fácil y que no critican o protestan a la primera de cambio. Por eso me gustaba ir con ella, porque sabía que nunca iba a poner una mala cara pasase lo que pasase.
—Bueno, voy a ver qué puedo hacer porque hoy he tenido un día
cojonudo, así que en principio
no me apetece mucho, si puedo ya te
llamo yo —le dije colgando el teléfono con bastante desgana.
La verdad es que estaba tan cansada que solo deseaba
acurrucarme entre las sábanas y olvidarme de todo. No dejaba de darle vueltas
a la idea de haber
enviado el mensaje
al señor Uribe.
Fue un impulso idiota como tantos otros que me han dado en la vida y que al
final no sirven
nada más que para hacerme
sentir más tonta
aún. Abrí la puerta de casa. Estaba agotada.
Parecía que me había
aplastado una apisonadora y me senté en el sofá. La reunión de la mañana
me había quitado toda la energía.
—Mamá, tenemos
que hacer un montón de deberes. La profe ha dicho
que los tenemos
que llevar mañana
y que, si no, suspenderemos —dijo Hermes con un tono de
súplica. Sabían que el tema de los suspensos me ponía muy nerviosa y al final
acababa con ellos haciéndoles la mitad de las tareas.
—¿Es que no
habéis tenido tiempo de hacerlos en clase? Porque supongo que eso ya lo teníais
que haber terminado. A mí no me tengáis
todas las tardes
con esto que yo también
tengo trabajo y encima
hoy me han echado la bronca porque he entregado
los informes del trabajo con tu dibujo lleno de grasa.
—Bueno, mamá, no
te pongas así, no tenemos la culpa de que te hayan regañado en el trabajo.
—Hermes siempre tenía que rebatir todo lo que yo decía—.
Hoy no iba a
discutir más, ya había tenido bastante como para enzarzarme en una pelea de la que no iba a salir victoriosa. —Venga,
poneos con los deberes
y luego os dejo jugar un rato a la consola.
A medida que pasaba la tarde iba pareciéndome más atractiva la idea de irme a cenar con Sandy y olvidarme de todo y de todos, pero las obligaciones no me lo
permitían y, aparte de cuidar a los niños, tenía que rematar
algunos flecos del informe
de la reunión porque sabía que Sofía,
después de la que había montado,
estaría al acecho esperando que la cagase en cualquier momento.
A las 19.30 sonó el teléfono. Era Alfonso. Había
terminado pronto y venía
para casa. Había fútbol a las 21.00 y quería ver el partido. Eso significaba que antes de las 20.30
tenía que haber terminado todo: cena, baños, tareas pendientes del trabajo y
recogida de casa.
Si acababa pronto
quizás me diese tiempo a llegar a la cena, o por lo menos a la mitad. Alfonso
no me iba a poner ningún impedimento, si había fútbol yo era invisible, así que
ni se percataría de mi presencia.
Agarré el móvil y marqué inmediatamente su número:
—Hola, soy yo… Nada,
que Sandy me ha dicho
que tiene una invitación
a un restaurante nuevo y que me invita, así que dejaré la cena hecha y luego me
acerco un rato. Los niños ya han terminado los deberes así que no tienes nada
que hacer.
—Vale —contestó
con un tono que denotaba que no me estaba haciendo ni caso.
Le había planteado la pregunta y dado la solución. Era lo mejor.
Así no tenía que
pensar nada.
Según colgué el
teléfono fui corriendo a la habitación donde los niños se habían puesto a hacer
los deberes.
—¡Chicos, termino
yo el análisis de las oraciones y las operaciones con decimales, no os
preocupéis! Vosotros mientras id a la ducha y luego recogéis todo. Si os
portáis bien os dejo barra libre de juegos.
Sabía que lo que
estaba haciendo no era lo más correcto pero en aquellos momentos me daba igual.
Apolo puso encima
de mis piernas su archivador y me indicó cuales eran los ejercicios que tenían
que terminar. Hermes salió como alma que lleva el diablo hacia el baño para
ducharse cuanto antes y ponerse a jugar.
No me lo podía
creer, ¿sería hoy mi día de suerte? La mañana y la tarde habían ido fatal, pero
quizás se pudiese salvar la noche.
Terminé de
recoger la cocina y preparé unas empanadillas para todos.
«Bueno, con esto van que chutan,
y si quieren más que cojan algo de la nevera, para lo que me lo van a
agradecer», pensé.
En
ese momento solo quería darme prisa para salir de casa y cenar con mi mejor
amiga.
Se me ha olvidado
preguntarle a Sandy
qué tipo de comida servían en el Happier. Bueno, al menos me
darían la comida ya preparada y no tendría que limpiar y recoger todo.
El siguiente
paso era ver qué me llevaba de ropa. Como no salía mucho mi vestuario
“de fiesta” era bastante reducido
ya que al trabajo me
limitaba a llevar vaqueros y camisetas informales, ropa bastante cómoda,
y si había alguna reunión
con algún cliente
tiraba de chaqueta con hombreras, que parecía que te daba un porte más
formal y elegante. Fui al armario de la habitación a ver lo que me podía poner.
—No sé, ¿un traje
chaqueta? —me pregunté a mí misma—. No; no me veo con eso, demasiado formal para una reunión de amigas.
Quizás un vestido, aunque últimamente me veía fatal con todos.
¿Un mono? Uff, ni en sueños,
desde el embarazo
no me veía con ellos.
Al final me
decidí por algo práctico: unos vaqueros y una camiseta de manga larga.
Ya había hecho
bastante el ridículo
durante el día como para
seguir haciéndolo por la noche.
Embutida en los
vaqueros y con un poco de maquillaje miré el reloj para ver si llegaba a tiempo. Las 20.45 y Alfonso no había aparecido por casa todavía. A las 20.55
se abrió la puerta.
—He pillado
atasco y va a empezar el fútbol ya, joder. —Fue lo primero que dijo nada más
entrar en casa.
—Ahí tienes la
cena. Salgo pitando que ya llego tarde. Vendré pronto que mañana tengo que
estar antes en la oficina.
Tiré
de la puerta de casa mientras pedía un taxi apresuradamente para no llegar muy
tarde.
Mientras iba de
camino volví a pensar en la reunión de la mañana. No podía olvidar lo mal que
había quedado y el hazmerreír que sería si al llegar
a la oficina el superjefe decía a alguien
que había recibido un correo
mío invitándole a un café.
Cuando llegué,
Sandy estaba sola.
—Pero, ¿qué pasa, no vienen las demás?
—Me han dejado
tirada. He reservado para cinco y al final solo vas a venir tú. Cuando le he
dicho al chico que al final solo éramos dos
ha puesto cara de perro,
pero eso me sirve para no invitar
a las demás nunca más. Al
final la que quedo mal soy yo.
—No te preocupes,
por lo menos he podido venir, aunque ya te digo que hoy no voy a ser la alegría de la huerta.
He tenido un percance
en el trabajo y estoy en plan depresión total.
—¿Otro más? —Sandy me miró con cara de pena—. Hija, no ganas para sustos,
parece que últimamente estás que te sales. ¿No se te habrá roto otra vez la cremallera del
pantalón en medio de una reunión como el mes pasado?
¿O has mandado un correo
con copia a todo el mundo diciendo lo imbécil que
es tu jefe?
—No, algo peor. Le he contestado fatal, así que, no sé si esto tendrá
consecuencias. Pero me da igual. A
ver si ese gilipollas se cree mejor que nadie por ser un alto cargo.
—Pero, ¿está
bueno?
—¿A qué viene eso
Sandy? Es mi jefe y además es un gilipollas integral—la pregunta de mi amiga me
hizo sentirme incómoda.
—Ja, ja, ja rio.
Es que si está bueno da más morbo.
Sandy conocía todos los locales de moda y su
poder de
convicción le abría muchas puertas. Los camareros del Happier nos
recomendaron que comenzásemos con un Ribeiro de estos que entran bien con todo
y unos tacos con gambas y aguacate con un nombre rocambolesco.
Después de
tomarnos la botella de vino ya estábamos happier,
como indicaba el propio nombre
del local. Aunque
el vino me había
hecho efecto, a veces recordaba la movida de esa la mañana y volvía a sentir
una angustia en el estómago.
—Sandy, en serio,
¿crees que he hecho mal en mandarle un correo al señor Uribe?
—Zoe, no te
preocupes, seguramente ni lo haya leído. ¿Crees que este tipo de personas tiene
tiempo para leer lo que le escriban sus súbditos? Solo con mirar tu nombre lo
habrá enviado a la papelera. Venga, vamos aquí al lado a mover un poco el esqueleto.
Ponen música de nuestra época juvenil y hoy pincha un amigo mío.
—A mí no me apetece mucho
ir a bailar y tengo
que estar pronto en casa que mañana tengo que terminar el informe que he dejado a
medias.
—No seas tonta, que va a ser un ratito nada más —me suplicaba
mientras iba tirando del brazo—. ¡Por los viejos tiempos!, venga, vamos.
Llegamos a la puerta
del local y un guapetón
de casi dos metros de altura nos recibió con la mejor de sus
sonrisas.
—Hola, bombón.
—Sandy le dio un abrazo como si le conociera de toda la vida —. Cuánto tiempo
sin saber de ti. Creía que no trabajabas ya por esta zona.
El portero se
puso a hablar animadamente con ella mientras yo me apartaba hacia un lado para
no entorpecer ese momento de intimidad. Miré el móvil para ver si había alguna
llamada de casa.
Nada. Todo iba bien. Eché también un vistazo al chat de empresa. Tampoco había
noticias de nadie.
A los diez minutos Sandy vino corriendo y me
cogió de la mano.
—Vamos, que este
nos mete gratis y nos da una consumición. Luego
salgo otra vez a hablar con él a ver si le podemos sacar otra. Ya dentro del
local reviví por un momento los años de universidad en los que Sandy y yo salíamos
cada fin de semana y no
teníamos compromisos ni problemas. El local estaba decorado con pósteres de los años 80 y 90 y sonaba la canción Eloise de
Tino Casal.
—¿Te acuerdas
cuando bailábamos esto a lo loco? Venga, vamos
a bailar otra vez como en nuestros años de universidad. —Sandy no tenía ningún
tipo de vergüenza y me llevó al centro de la pista. Empezamos a bailar con las manos
unidas como dos locas al son de la música y a reírnos
a carcajadas mientras
la gente empezaba
a rodearnos y a moverse a
nuestro alrededor.
Cuando terminó
la canción recibimos
el aplauso de la sala entera.
—¡Madre
mía, qué vergüenza! —grité a Sandy—, menos mal que no me conoce nadie. Venga, vámonos
de aquí que ya he hecho bastante el ridículo.
—No, espera,
voy a pedir la bebida
y luego nos vamos. ¿Te apetece un mojito? Ya que nos sale gratis no vamos a desperdiciar esta oportunidad.
—Venga, el último de verdad. Mañana
tengo mucho trabajo
y no quiero llegar a la
oficina cansada.
Me coloqué
estratégicamente detrás de una columna
para que no se me viese mucho mientras
esperaba que Sandy trajese la bebida.
«Joder,
cuánto está tardando». Miré el reloj y ya habían dado las 2 de la madrugada.
De repente
vi a dos hombres que se acercaban. Eran de mediana edad (lo que se dice ahora para
definir a las personas de más de cuarenta y cinco años). Uno de ellos era alto,
delgado y con unas gafas de pasta que impedían ver con claridad sus ojos. El
otro, metro ochenta aproximadamente, complexión fuerte, pelo muy corto para disimular
las entradas y aspecto afable y bonachón. Este se dirigió directamente a mí.
—Señorita, ¿puedo colocar mi chaqueta aquí? —me dijo amablemente
y con un acento un poco raro.
—Sí, hombre,
colócala donde te dé la gana, esto no es mío.
Se notaba que la bebida ya empezaba a hacer efecto y comenzaba a decir las cosas sin pensar.
El
individuo dejó la chaqueta al lado de la mía y se acercó tímidamente.
—Llevo un rato
mirándote y tienes una sonrisa preciosa. Le he dicho a mi amigo que nos acerquemos a vosotras porque queremos
conoceros. Mi nombre es Marc.
—Pero, ¿tú no eres de aquí,
no? —insinué.
—United States,
Manhattan… —Es lo único que entendí, luego me empezó a susurrar algo al oído
que no supe descifrar.
Anda,
que tantos años estudiando inglés y no me servían ni para ligar, qué decepción.
En situaciones como esta es cuando te das cuenta de que tanto título, cursos y
másteres y a la hora de la verdad no te sirve ni para lo más básico.
—Así que eres guiri,
¿verdad? Yo soy Zoe —me dirigí a él en “perfecto”
castellano. Me estaban entrando unos sudores que no eran normales. No porque me
gustase especialmente ese hombre, sino por mi torpeza en el idioma extranjero.
Sandy no
aparecía. Miré hacia la barra del local y estaba hablando con uno de los
camareros. Vamos, que no tenía ninguna prisa por venir a socorrerme.
«¿Y
ahora qué hago con este?», pensé mientras el americano me sonreía con la copa
en la mano.
En
ese mismo momento no me apetecía hablar con nadie y menos tener que quebrarme
la cabeza intentando recordar alguna de las expresiones que había aprendido en
el instituto. Intenté hacer memoria y chapurrear en inglés algo que fuese
entendible.
—My English is rusty.
I’m from Spain. —Fue lo primero que
se me ocurrió decir. Si le sacaba el tema de lo typical spanish seguro que podría salir del paso con la gastronomía
y La Macarena.
—No te preocupes,
me puedes hablar en español. Durante mi época de estudiante viví cinco years in Madrid. My MBA lo hice en una escuela internacional aquí. Podemos intentar
hablar en los dos
idiomas.
—¿Vienes mucho
por Madrid?
—Siempre que puedo.
—¿Pero por trabajo?
—Esta vez sí.
—Qué aburrido, ¿no?.
—Lo era hasta hace cinco minutos.
Me reí a la vez que me sonrojaba.
—¿Los americanos soléis ser tan directos?
—Solo cuando merece la pena…
Busqué a Sandy
con la mirada porque la situación se estaba poniendo incómoda.
—¿Te gustaría
pasar la noche conmigo? —dijo de pronto.
Me pareció de muy
mal gusto que nada más conocernos me insinuase, bueno si eso se puede
considerar una insinuación, que me fuese con él.
“¿Qué
se habrá creído?” —pensé. “No soy de las que caen la primera noche”.
Aunque las formas
no me habían parecido las apropiadas, en realidad estaba encantada de que un
hombre se hubiese fijado en mí, ya que hacía años que nadie me había hecho una proposición ni decente ni indecente.
—Mira
—vi que Sandy se acercaba con una sonrisa de oreja a oreja—, ya está ahí mi
amiga, nos tenemos que ir ya.
Sandy venía
con las dos bebidas, una en cada mano, dispuesta a seguir de marcha
toda la noche. Me acerqué precipitadamente a ella y la agarré de un brazo.
—Vámonos ya, Sandy.
—Chica, qué prisas, voy a saludar
a esos hombres que has conocido.
La noche es joven.
—Voy al baño y nos vamos,
que ese me ha tirado
los trastos. —Y señalé disimuladamente a Marc, que no
paraba de mirarnos y de decirle cosas a su amigo.
Cuando volví del servicio
vi a mi amiga abrazada
al otro hombre, cuyo nombre no recuerdo, y riendo como si no hubiese
mañana.
—Sandy, yo me voy que mañana trabajo.
El semblante del
amigo de Marc se volvió serio porque estaba a punto de aguarle su noche de
pasión con mi amiga. Esta me hizo señas para que esperase un poco más pero el
quedarme no estaba entre mis intenciones.
—Quiero verte otra vez ¿me das tu teléfono?
—me susurró Marc al
oído.
—No.
—¿Y
tu mail?
—Tampoco.
—Bombón, dale tu correo, si es
muy gracioso pequitas7@gmail.com
—soltó de pronto Sandy, perdiendo por
completo la
noción de
la discreción. Ella sabía que no me gustaba ir dando mis datos personales por ahí, pero el alcohol también
estaba pasando factura
a su cerebro.
—Cállate y vamos. —La cogí del brazo y la saqué
como pude del local.
Dejamos a los dos
hombres a lo lejos mirando desconcertados.
—¿Tú eres tonta,
Sandy? Imagínate que es un hacker y
me roba todo el dinero
de la cuenta, o aún peor, un acosador que no me deja
en paz, o un guarro que me manda fotos en pelotas
todos los días.
¿No ves nunca las noticias?
—Bueno, hija,
perdona, tampoco es para tanto. Además,
seguro que luego ni se acuerda de esto.
Respiré profundamente y me calmé.
Después de un día tan agotador
solo quería dormir. Además, seguramente Sandy tuviese razón, entre la música,
el ruido y que eran extranjeros, seguro que no se habían enterado de nada.
Volvimos en un taxi.
Yo estaba muerta.
—Mañana hablamos,
cuídate y mándame un mensaje cuando llegues. Ahh, y muchas gracias por la cena.
Abrí la puerta sigilosamente y de pronto
sonó la notificación de mi correo
electrónico Tienes un email, como diría el título de la película.
—Hi!
Loved
meeting you meeting
tonight… hope to see you again!
Marc Sent from my iPhone
¡Mi madre! El guiri me había escrito. Si no había pasado ni una hora desde que nos habíamos ido del local.
Mientras
estaba digiriendo el primer mensaje sonó un segundo sonido que confirmaba que
alguien había respondido en el chat de la empresa:
“Cuando quieras”. Asier.
CAPÍTULO 3
El despertador
sonó a las siete en punto. Tenía un dolor de cabeza que parecía que iba a
explotar en cualquier momento. Me daba vueltas
todo y no estaba para ir a trabajar. Por un momento
se me ocurrió la idea de llamar al trabajo y decir que estaba con
gastroenteritis, o que me había dado una fiebre muy fuerte y no podía
levantarme de la cama.
Enseguida me vino
a la cabeza el mensaje que recibí por el chat. Asier había aceptado tomar un café conmigo así que no podía escabullirme de nuevo. Había llegado tan
mal a casa que no me había dado tiempo a pensar que este hombre
había dicho sí y, es más, había contestado casi a las tres de la
madrugada. ¿Qué se le habría pasado por la cabeza? ¿Querría solamente tomar un
café o habría tomado una decisión
drástica sobre mi futuro laboral?
Estaba claro que ya no podía
poner ninguna excusa y tenía que afrontar lo que había hecho con la mayor
valentía posible.
En cuanto al
correo que me había escrito el guiri tampoco le di mucha importancia. Pensé que
quizás le contestaría porque no me gusta dar la callada por respuesta y,
además, ya que el pobre hombre se lo había currado
un poco, creo que merecía
una contestación. Al final es
lo que tiene ser tan sentimental, que luego me pongo en la piel de los demás y
hago cosas que no debería hacer.
Me levanté a
prepararme el café de rigor, pero me supo a rayos; tenía el estómago tan
revuelto que me entraron ganas de vomitar.
Alfonso ya se
había ido al trabajo así que no vería el estado tan deplorable en el que me encontraba y no haría preguntas. Me di una
ducha para ver si
me espabilaba un poco pero no me sirvió de mucho. Levanté a los niños y los
llevé al colegio.
Mientras
iba camino del trabajo pensaba en si la invitación de Asier era sincera o, si,
por el contrario, sería un arma de doble filo que utilizaría para engatusarme y
posteriormente atacarme hasta dejarme a la altura del betún delante
de todos. De todas formas, si ocurría esto último tampoco iba
a defenderme porque después de cómo había transcurrido la noche anterior no
estaba capacitada para enfrentarme a nadie.
Nada más llegar
mi jefa se acercó apresuradamente:
—Schhhh, Zoe, Zoe, ven aquí, corre.
—¿Qué quieres, Sofía?, hoy no tengo
el cuerpo para nada.
—Ha venido a primera hora el señor Uribe preguntando por ti.
Tiene que hablar
contigo de un asunto.
—¿De qué tema?
—respondí secamente—. ¿De mi despido?
—No, hombre,
espero que no sea eso, parecía que el hombre venía
en plan amable, no digas esas cosas.
—¿Y
dónde está?
—Ahora mismo
está reunido con el secretario, haciendo cuentas,
pero no creo que tarden mucho en acabar.
La conversación con Sofía me había puesto aún más nerviosa. Estaba claro que ni ella misma sabía de
qué me iba a hablar el señor Uribe, así que quizás no estuviesen hablando
de mi despido. Lo que sí que tenía claro es que si alguien
salía de la oficina Sofía lo sabía la primera y por lo que me había dado a
entender no le había comentado nada ni yo tampoco intuía que me estuviese
mintiendo o escondiendo la verdad.
—Entonces, ¿qué
hago? ¿Espero a que salga y le digo algo? ¿Le escribo? ¿O qué? —Mi cabeza
estaba hecha un lío pues nunca me había visto en una situación así.
—Espera, Zoe, si quieres
le mando un correo para que nos reunamos
los tres y nos cuente.
Pensé que Sofía
lo hacía para intentar poner paz entre los dos y que el incidente de ayer
quedase en agua de borrajas, pero pronto me daría cuenta de que solo era una
estrategia para enterarse del porqué el Sr. Uribe quería
verme a solas y evitar
eclipsar su trabajo.
Evidentemente no
iba a decir que la invitación había partido de mí, así que disimulé haciéndole
creer que era cuestión de trabajo.
—Te lo agradezco
muchísimo, seguro que quiere ver el informe que preparé ayer. Ahora mismo lo
termino y te lo paso antes para que le eches un ojo a ver si todo está
correcto.
Me dirigí hacia
mi mesa y me senté como si se hubiese desplomado una apisonadora. Toda esta situación
me ponía muy nerviosa
y mientras escribía el informe miré un par de veces de reojo hacia la sala de reuniones por si se abría la puerta. Pasó más de una hora hasta que se oyó el ruido del
picaporte abriendo con fuerza.
—Vale, pues por nosotros
queda todo cerrado.
—Se oyó la voz de Asier
a lo lejos—. Hay que recortar presupuesto en esas dos marcas
porque si no los beneficios que esperamos no van a cuadrar.
Madre mía, ¿era verdad
lo que estaba oyendo? Recortes, marcas y beneficios. Ya no me hacía falta saber más. Seguro que quería hablar
conmigo para largarme
a la calle, y vamos,
sería dicho y hecho
porque a ese hombre no le temblaba la mano con nada.
De pronto me entraron
unos retortijones que no podía aguantar.
Pensé: «como me llame ahora para tomar café me cago por la pata abajo».
Cogí el teléfono
de mi mesa y marqué la extensión de Sofía:
—Soy Zoe, que me
voy por patas, tengo que ir al servicio, ya he visto que ha salido el señor
Uribe así que retenle hasta que vaya a ver qué me quiere decir.
—No te preocupes. —Sofía para estas cosas tenía mucha mano izquierda—. Ahora le llamo y vamos hacia el office. Te esperamos allí.
Salí corriendo
hacia el baño y dejé allí todo lo que no está escrito.
No podía parar así que tardé unos quince minutos
en poder despegarme
de la taza. Menos mal que en ese tiempo no entró nadie porque eso se había
convertido en la Sinfónica de Londres.
Cuando llegué al cuartito
que usábamos para tomar café, Sofía y Asier Uribe ya estaban terminando sus
tazas.
—Lo siento. Es
que no estoy muy bien. —Me estaban volviendo a entrar los sudores fríos.
—Zoe, ¿te
encuentras bien? —preguntó Sofía—. Estás como un poco amarilla.
Al instante
empecé a ver dos siluetas
borrosas y fue cuando perdí la
noción de tiempo
y espacio. Al despertar vi, en ese estado de ensoñación
placentera, a mi jefa intentando hacerme tragar un sobre de azúcar
y al señor Uribe sujetando mis piernas en posición de 90º
con cara de pánico.
—Madre mía, Zoe, menudo
susto nos has dado. —Parecía
un reproche por parte de
Sofía.
—Lo siento,
Sofía. No sé lo que me ha podido pasar. —La vergüenza que tenía en ese instante
era total. Cuando
viese a Sandy
la iba a crujir.
Lo primero que
se me
vino a
la cabeza era si
llevaba falda o pantalón. Espero
que fuese lo segundo porque
no me quiero ni imaginar lo que habrían visto si llevaba
lo primero. No sé ni lo que me había puesto. Estaba fatal. ¿Qué tendría
la bebida que tomamos anoche? Seguro que era garrafón porque os aseguro que no
me había sentido tan mal en toda mi vida.
Entre los dos me
ayudaron a levantarme y me sentaron en una silla. Asier no articulaba ni
palabra. Debe ser que nunca se había encontrado en una situación tan grotesca
en su vida. Una vez me colocaron en la mesa, se alejaron cada uno a sus
respectivos lugares de trabajo.
Y ahí me quedé.
Me quedé con la mirada perdida hacia los edificios a los que daba la oficina
pensando en que cada vez la estaba cagando más y más y que tarde o temprano
iban a prescindir de mí.
Al cabo de media
hora pasó Asier a mi lado.
—El café lo
dejamos para cuando se te pase la resaca.
—Eres un cerdo
—dije por lo bajo.
Él se volvió y me miró con desprecio. En ese momento
supe que había sentenciado mi
despido.
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