El
mundo de Amanda se derrumba al descubrir que su marido lleva una relación
paralela con una mujer más joven. En plena crisis personal accede a un
misterioso y exclusivo lugar llamado The Yellow Mirror, donde sus sueños y fantasías más
íntimas pueden hacerse realidad. Impulsada por la rabia y el deseo de escapar
de su dolor, decide cruzar ese umbral.
Lo
que comienza como diversión se va convirtiendo poco a poco en una peligrosa
experiencia en la que el poder se convierte en protagonista. A medida que
avanza por los diferentes niveles de deseo, Amanda descubre que la frontera
entre sus elecciones personales y la manipulación de otros se va estrechando,
dando paso a una inquietante pérdida de control.
En medio de esta excitante experiencia surgen demasiadas dudas porque, tal vez, todo lo que The Yellow Mirror proyecte no sea real.
La
llave del deseo puede ser también el acceso a la perdición.
Alexandra
Me sentía bien. Había empezado a gustarme. Me miré en el espejo. Durante mucho tiempo había evitado enfrentarme a mi imagen. Había pasado años haciéndome daño sin saber muy bien cómo, dejando que mi reflejo se deformara hasta volverme irreconocible. Aquella vez no aparté la mirada. Me gustó verme así.
Una
amiga me habló de Omega. De cómo hacían realidad los deseos.
De
cómo podía sentirme deseada por hombres y por mujeres. De cómo el poder también
podía experimentarse a través de mi cuerpo llegando a límites que jamás creería
alcanzar.
Siempre
había sido prudente…, demasiado. Crecí protegida. Y aun así, siempre sentí que
me faltaba algo. Cuando él me dejó por otra persona, ese vacío se volvió
insoportable.
Entonces
apareció la llave dorada.
Una
llave que prometía acceso a nuevas experiencias. No solo al sexo, sino a algo
más profundo: a la sensación de elegir, de ser vista, de decidir hasta dónde
llegar. Nadie te obligaba. Todo era elegible. Todo estaba, supuestamente, bajo
control. Podía dejarlo cuando quisiera. O eso creía…
Protocolo 1 activado
Nivel 1.
Alguien observa.
Elegí
un espejo. Tenía que estar desnuda frente a él. Al principio evité mirarme. Me
sentía expuesta, casi sucia. Luego apareció otra sensación: la certeza de que
alguien me estaba viendo. Y, finalmente, algo inesperado: el disfrute. El
descubrimiento de un placer que nacía de mí misma y que nunca había sentido.
Me
gustó esa huella de libertad, pero no fue suficiente. Empecé a querer más.
Nivel 2.
Elegir entre poseer o ser
poseída.
No
fue una decisión fácil. Elegí ser poseída por curiosidad. Quería saber qué se
sentía al ceder el control a otra persona de forma consciente.
Pasé
por una antesala llena de espejos. Todo era blanco, silencioso. Un ascensor.
Planta once. Cuando la puerta se abrió, él estaba allí. Atractivo, sereno,
seguro de sí mismo. Era Richard.
Me
trató con una atención que nunca había recibido. Cada gesto parecía medido para
hacerme sentir especial, elegida, única. No pensé en normas ni en protocolos
que yo desconocía. Pensé que aquello era lo que llamaban deseo.
Durante
un tiempo me sentí mujer. Deseada. Llena de vida. Completa.
Después,
Richard desapareció. Busqué explicaciones en la organización. La respuesta fue
clara, fría, impersonal:
Richard
estaría disponible si aceptaba pasar al Nivel 3.
Leí
el mensaje varias veces. No lo pensé. Acepté de inmediato.
Nivel 3.
Experimentar placer hasta el
éxtasis.
No
sabía exactamente qué significaba. Tampoco pregunté. A esas alturas, la
curiosidad ya no necesitaba respuestas, solo quería alcanzar lo que se me había
prometido. Quería volver a ver a Richard. Quería sentir aquello otra vez.
Estaba dispuesta a seguir las indicaciones necesarias.
El
mensaje de Omega fue breve y automático: lugar; nueva llave. Una llave negra.
La
encontré en un sobre con mi nombre en la barra del bar. El camarero no hizo
preguntas. Solo me indicó la planta y me deseó una buena experiencia. Parecía
acostumbrado al ritual.
Planta
trece.
El
pasillo volvía a estar lleno de espejos. Esta vez no dudé. Caminé segura,
consciente de que alguien observaba al otro lado. No me incomodaba, al
contrario, sentirme mirada me hacía sentir bien. Pensé que formaba parte del
juego.
Abrí
la puerta.
La
habitación estaba en penumbra. No había música, ni camas. No había nada.
Richard me esperaba en el centro, inmóvil. Su presencia me tranquilizó. Al otro
lado del espejo una persona observaba. Las reglas ya estaban marcadas.
Se
acercó despacio. Me desnudó con la misma calma de siempre, como si cada gesto
formara parte de algo ya decidido.
—Hoy
vas a llegar al éxtasis —dijo en voz baja.
Miró
al espejo y asintió.
Me
tumbó en el suelo. Sentí el contacto frío de algo alrededor del cuello. No me
alarmé. En ningún momento pensé que aquello pudiera salirse de lo acordado. Si
algo no estaba permitido, alguien lo detendría. Eso me dio seguridad.
—Ve
despacio —murmuré—. Dime qué tengo que hacer.
—Pide
más cuando lo sientas —respondió.
Mi
cuerpo reaccionó de inmediato. El placer creció. Pedí más. Él ajustó la
presión. Sentí otra descarga, más intensa. Todo iba en aumento.
—Continúa
—alcancé a decir.
Richard
miró al espejo de nuevo. Una vez más. Fue la última.
El
aire dejó de llegar. Quise decir algo, pero ya no pude. Pensé que alguien
intervendría. Pensé que alguien pararía, que aquello se detendría.
No
ocurrió.
The yellow mirror: ¿te atreves a entrar?
Experiencia finalizada.
BLOQUE 1
OCASO
CAPÍTULO 1
Todavía
no podía creer lo que había pasado. Que me hubiera atrevido a dar ese paso. Que
hubiera cruzado una línea que, hasta entonces, había jurado no traspasar.
El
agua de la ducha caía sobre mi cuerpo. No como un acto de purificación, sino
como una forma de intentar borrar cada segundo de todo lo que acababa de vivir.
Cerré
los ojos por un momento y las imágenes se agolparon en mi cabeza con la nitidez
de una fotografía. Cada gesto, cada palabra, cada sensación regresaba golpeando
una y otra vez a mi alma.
Cerré
el grifo del agua caliente y esperé. Necesitaba sentir el frío. Comprobar que
aún podía decidir cuándo podía parar. Poco a poco, el agua helada se fue
transformando en pequeñas agujas que atravesaban mi piel y me devolvían a la
realidad.
Me
miré en el espejo del baño.
Cogí
una toalla y pensé en llamar a Lana. Contárselo todo. Tal vez era demasiado.
Tal vez había cosas que no podían compartirse sin romperlo todo. Lana había
sido mi cómplice desde el principio, sí, pero aquello no estaba en ningún plan.
Decírselo significaba enfrentarme a su juicio… y al mío propio.
Amanda dudó…(Si estás leyendo esto… aún puedes salir)
👉 “No sigas leyendo si no estás preparada/o”
Aparté la mirada. A través de la persiana se filtraba la luz de Madrid que aún seguía despierta. La ciudad no se detenía por nadie. Tampoco por mí.
«Estoy
hecha un lío —, repetí—.
Me acostaré. Mañana pensaré con más claridad».
Me
escondí entre las sábanas como si pudieran protegerme del mundo. Cerré los ojos
e intenté dormir. Y supe, incluso antes de quedarme dormida, que nada volvería
a ser igual. No por mi elección, sino porque, sin saberlo, ya había sido la
elegida.
CAPÍTULO 2
Comisaría central
—Acaban
de encontrar el cadáver. Voy para allá.
—Tome,
aquí está toda la información que tenemos.
El
subordinado extendió una carpeta de color ocre. El inspector la abrió y ojeó lo
que había en su interior. Este maldito caso le estaba quitando el
sueño elasstas
últimas semanas.
—¿Dónde
ha sido?
—En
el Hotel Hyatt de la
Castellana — informó el oficial—. El que está
junto al Museo de Ciencias Naturales. ¿Va a ir para allá?
—Sí,
ahora mismo cojo un taxi. ¿Quién la ha encontrado? —preguntó mientras caminaba
hacia la salida.
—La
mujer de la limpieza.
Varela
se detuvo un instante para comprobar que llevaba su identificación.
—Al
parecer —continuó el agente— el cartel de «NO MOLESTAR» llevaba un par de días
colgado en el pomo de la puerta. En la recepción dijeron que había pagado la
habitación por una semana.
Demasiado
tiempo para no levantar sospechas.
—Sigue
contando…
—La
han encontrado desnuda. Había signos de violencia. Ni rastro de pertenencias,
móvil o ropa. Lo único que llevaba era un colgante en el cuello.
Sus
manos se tensaron por unos segundos.
—¿Un
colgante? ¿De qué tipo?
—Con
una pequeña llave negra de obsidiana.
—¿Hay
cámaras en la entrada?
—Sí,
señor, ya las están revisando. Creo que no se me olvida nada más... ¿Puedo ir
con usted?
—No
—respondió cortante—. Prefiero ir solo. Allí ya estarán los de la científica.
Quédate aquí por si hay alguna novedad y me tienes que llamar.
Un
cosquilleo en el estómago, viejo conocido, le invadió cuando salió de la
comisaría.
Cogió
un taxi mientras Madrid avanzaba sin piedad. El Paseo de la Castellana,
impasible y distante, se abría ante él, con sus torres de cristal, con el
reflejo de una ciudad que nunca se detenía. Maletines, tacones y prisas
marcaban el ritmo frenético de un mundo donde todo parecía importante…, hasta
que alguien moría en silencio.
El
inspector Varela apoyó la cabeza en el respaldo. Recordó el caso de Rebeca
Gómez, casi cuando acababa de entrar en el cuerpo. Una chica normal, con una
vida normal, en un sitio equivocado. Demasiadas coincidencias.
Dos
chicas que tenían, a ojos de los demás, una vida perfecta. Treinta y pocos
años. Guapas. Clase media-alta.
La
nueva era secretaria de dirección. Puntual. Metódica. De las que nunca dejaba
nada al azar. Sus padres habían denunciado la desaparición casi de inmediato.
Aquella mañana no había llamado, y ella no fallaba nunca. Ese fue el primer
aviso de que algo no iba bien. Intuía que aquella llave escondía algo más, que
no era un simple adorno.
Protocolo
cerrado.
CAPÍTULO 3
Ocho meses antes
Sabía
que las cosas no estaban bien, pero jamás imaginé que todo esto terminase así
entre Raúl y yo.
Nos
habíamos conocido a través de una amiga común en una fiesta universitaria, y la
conexión fue inmediata. Con el paso del tiempo me di cuenta de que había sido
más por mi parte que por la suya.
Me
enamoré del brillo de sus ojos cuando hablaba del futuro, de cómo me miraba, de
su forma de escucharme, como si mis palabras fuesen las más importantes del
mundo. Hablábamos de nuestros planes, de
nuestros miedos y tonterías. Ahora mi marido ya ni me miraba. Me había convertido en una muñeca
vieja y rota apartada en un rincón de la habitación para no molestar.
—¿Vienes
a comer, Amanda? —insistió Rachel, mi compañera de trabajo, apoyando una de sus
moldeadas piernas en la esquina de mi mesa—. Sabes que El Diavolo siempre está
lleno y, si no bajamos rápido, tendremos que esperar más de una hora.
—Hoy
prefiero no ir, tengo que terminar unos informes.
En
realidad tenía un plan para esa noche. Iba a preparar una cena especial para
Raúl, ya que era nuestro aniversario de boda. Quería intentar resucitar todo lo
que ya estaba muerto.
—Pues
tú te lo pierdes, los martes preparan una lasaña que es brutal.
—No
puedo, en serio —respondí con resignación—. Han pedido desde Londres unos
documentos y tengo que entregarlos hoy.
—Esta
te la guardo, Amanda —resopló en tono juguetón—. Que sepas que me dejas con
todos los hombres de la oficina y que lo que yo necesito es una mujer.
Me
guiñó un ojo y salió. Se dirigió a los ascensores con un contoneo sensual y muy
sugerente que podría volver loco a cualquiera. Mientras, mi vista se perdía en
la pantalla del ordenador. Pensé en Raúl. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que
me tocó la última vez? Ya ni me acordaba.
Antes,
al menos, intentábamos cumplir dando la imagen de pareja perfecta hasta que el
sexo dejó de tener sentido cuando la palabra infertilidad llegó a nuestras
vidas.
Él
empezó a obsesionarse con eso. Estaba irascible y las noches en las que
teníamos que hacer el amor por obligación se convirtieron en una auténtica pesadilla.
Solía
cambiar de postura en la cama dándome la espalda, y el silencio era su única
respuesta. Acabé sintiéndome culpable por no poder darle un hijo, culpable por
no cumplir con lo que la sociedad dictaminaba, culpable por no seguir al resto.
Las
últimas veces que había planeado una cena romántica con Raúl nada había salido
como yo había diseñado en mi imaginación. Me tomé mi tiempo y le escribí. Un
mensaje sencillo:
Hola,
cariño, recuerda que esta noche hay cenita especial…
Visto.
En línea. Sin respuesta.
Estaba
segura de que algo no marchaba bien. Raúl hacía mucho tiempo que había dejado
de interesarse por mí y la idea de que estuviese con otra rondaba mi mente
desde hacíae tiempo.
Decidí
llamarloe. Necesitaba
oír su voz, aunque fuese un instante.
—Dime,
—dijo con tono molesto—, estoy ocupado.
—Solo
quería recordarte que hoy es nuestro aniversario y que voy a preparar una cena
especial.
—Los
holandeses se quedan a cenar. Luego habrá copas y no sé a qué hora llegaré.
Su
respuesta fría y distante me hizo sentir mal.
—Vale.
—Uun
nudo en la garganta impidió que dijese nada más, mientras mi corazón comenzaba
a sentirse agotado. Colgué antes de que me escuchara llorar. Sentía que el
mundo se rompía a pedazos delante de mis ojos sin que pudiera hacer nada.
Me
refugié en el baño para que nadie me viera. Me miré frente al espejo. Este me
devolvió la imagen de una mujer decadente: ojos enrojecidos, rímel surcando las
mejillas y el cabello tapando un rostro apagado por la sombra de un matrimonio
que ya había hecho aguas por completo.
